LA VIDA EN LAS TRINCHERAS
El
aburrimiento y la melancolía no eran, ni mucho menos, lo peor de la vida en las
trincheras. La guerra de trincheras fue una constante prueba de resistencia
humana las veinticuatro horas del día. La mayoría de las personas de hoy en día
no habríamos sobrevivido un solo día en las trincheras, por no hablar de años,
como estos jóvenes, que al final debían aceptarlo como algo cotidiano.
La
Gran Guerra se caracterizó por la falta de movimiento en los frentes. Claro
ejemplo de este estancamiento fueron las guerras de trincheras desde otoño de
1914 hasta la primavera de 1918.
Durante
el día eran sometidos a los disparos de los francotiradores y de la artillería,
estos últimos destinados a eliminar la guarnición de la primera línea de
trinchera y a destruir el alambre de espino. En consecuencia, las trincheras
eran más activas durante la noche, cuando la oscuridad permitía el movimiento
de tropas y suministros, el mantenimiento de los alambres de púas y
reconocimiento de las defensas del enemigo.
Centinelas
en los puestos de escucha en la “tierra de nadie” (la zona que estaba entre las
trincheras de ambos bandos) tratarían de detectar las patrullas enemigas, y se
llevaban a cabo incursiones con la finalidad de capturar prisioneros y
documentos que proporcionarían información sobre las trincheras enemigas.
La vida en las
trincheras era agotadora en muchos aspectos, no sólo en lo físico, sino también
en lo moral. Era aburrida y se tenía miedo a la muerte. Cada día morían
compañeros; los soldados estaban cara a cara con la muerte.
No solo
estaban expuestos a los bombardeos y disparos del enemigo sino también a la
inhalación de gases tóxicos y corrosivos.
A veces
los cadáveres se descomponían frente a las trincheras. La falta de sueño y el
cansancio desmoralizaban a las tropas.
Los
soldados se sentían deprimidos, agotados, apenas con ánimos para vivir y seguir
luchando.
Muchos
cayeron en desordenes mentales, especialmente durante los últimos años de la
guerra.
Se ha estimado que hasta un
tercio de bajas aliadas en el frente se produjeron en las trincheras.
Y es que, aparte de las
producidas en combate, las enfermedades también fueron una pesada carga.
Vivir
mal alimentados, casi siempre mojados y embarrados, enterrados en lugares
reducidos y en una tierra tan fría y húmeda como el Norte de Francia y el Sur
de Bélgica causó muchos millares de bajas debido a la gripe, pulmonía,
tuberculosis, disentería y a todo tipo de enfermedades contagiosas propagadas
por piojos, pulgas, ladillas y ratas.
Había
millones de ratas, algunas incluso del tamaño de un gato. Tenían que
quitárselas de la cara y de las manos mientras dormían. Los soldados trataban
de eliminarlas a disparos y con sus bayonetas, incluso hubo quienes, con la
ayuda de perros, se especializaron en desratizar las trincheras.
Sin
embargo era inútil. Las ratas, bien alimentadas de tanto cadáver, proliferaron
a su gusto (una sola pareja de ratas puede producir hasta 900 descendientes en
un año). Ellas produjeron también la infección y contaminación de los
alimentos.
A
veces, una simple lluvia podía dar lugar a todo un mar de lodo. Las trincheras
se llenaban de barro. Si los soldados pasaban demasiado tiempo en una zanja
llena de agua y la situación se complicaba con el frío, con inviernos
extremadamente duros (a veces llegaban a -20ºC) el resultado eran los llamados
“pies de trinchera”, el primer paso para la posterior gangrena. Hacia finales
de 1915, y para tratar de combatir el pie de trinchera, los soldados británicos
en estaban equipados con tres pares de calcetines y tenían órdenes de
cambiárselos al menos dos veces al día. Cada día, cientos de
proyectiles de artillería caían en las trincheras.
Un
soldado podía pasar largos periodos destinado en primera línea de fuego.
Otros
muchos, sin embargo, morían en su primer día en las trincheras como
consecuencia de los disparos de un francotirador.
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